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En Estrasburgo se vive a toda vida

La ciudad de la frontera con Alemania es una expresión de la más exquisita cultura. Tiene sentido visitarla y disfrutar en sus enormes plazas, y de su fina música interpretada por artistas populares.Ir en primavera, como en estos tiempos, es todo un detalle

Por Cristóbal Guerra – crisluisguerra@yahoo.com – @camisetadiez

Estrasburgo, Francia

Las puertas del tren se abren y un murmullo de ansiedad se percibe en la multitud. Hemos llegado a Estrasburgo, la primera ciudad francesa al pasar la frontera con Alemania, y hay curiosidad por sentir ese fresco aroma de una urbe que la Unesco ha declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad: ¿por qué será? Hay que caminar varias cuadras, y allá a lo lejos, en la plaza, frente a una iglesia del tamaño del mundo, una muchedumbre rodea a unos cantores de cítara antigua y guitarra española. Los oímos a la distancia, y hay ganas locas por ver qué puede ofrecer la “Venecia de Francia”, como es llamada la ciudad construida sobre aguas del río Rhin.

Maravillas diurnas y un costoso café

Hemos visto pasar el trolebús y autobuses larguísimos como si fueran orugas gigantescas. Despejado el horizonte, ahí está la Catedral de Notre-Dame, y gentes que van y vienen con helados en mano se ven como perdidos, como sin saber por dónde comenzar a transitar Estrasburgo (“Anónimos y desterrados, sordos e indiferentes”, dice Serrat en su canto). A los franceses les gusta esta ciudad, pero de noche prefieren a Kehl-Sundheim: allá están los casinos prohibidos aquí, y van con gusto a dilapidar su dinero en las máquinas del azar. En Estrasburgo los precios son de asombro: pedimos café en un pequeño negocio, y ahí está la prueba: 3,50 euros, el doble de lo que nos hubiera costado en casa del vecino.

Arte por doquier

Los edificios del centro de Estrasburgo dan gusto. Antiguos, cuidados, armonizan con el millón y medio de habitantes del área metropolitana de la ciudad, además de otros cientos de miles que vienen a vivir el clima primaveral de doce grados centígrados que obligan a hacer necesario el abrigo. Al caminar nos topamos con otra plaza, la de Saint-Etienne, enorme, con una propuesta musical de calle que seguramente llenaría cualquier paladar: un grupo interpreta canciones francesas de vaudeville, una muchacha con una guitarra toca piezas clásicas con partitura, un joven acaricia un raro instrumento metálico que da notas rítmicas, dos veteranos acarician un violín y una guitarra y hacen bailar a los complacidos caminantes.

¡Viva el amor en Estrasburgo!

La barca atraviesa lentamente el Rhin, y una voz ofrece la descripción de cada lugar en diversos idiomas, apoyada en los audífonos multilenguas. Ahí está: Le Petite France, barrio típico donde los amantes se encuentran para tomarse de las manos y comerse a besos (el poeta Neruda gritaba, cuando los veía desde su balcón de Isla Negra uno encima del otro allá abajo, en el pie del acantilado, “¡Viva el amor, viva el amor!”). Poco más adelante, entre infinitos espacios verdes, el Parque de la Orangere, el Pabellón Jósephine, y un cigueña enorme, tallada en ramas de un árbol frondoso, anuncia que es ella el símbolo de la ciudad.

Una copa de elixir antes de volver

Hay que beberse unas copas de vino, porque si no lo haces pues no viniste a Francia. Y oír hablar, y vivir lo que se vive aquí, que es una ciudad de tanto bagaje cultural como París. Ubicada en la región de Alsacia, Estrasburgo es rica en universidades e institutos culturales, con artistas de todas las artes y de todos los colores que se pasean por sus teatros con la veta inagotable de sus propuestas. El día ha trascurrido y debemos regresar a casa, en Kehl-Sundheim, en el lado alemán de la frontera. No hay que ir en el tren: hemos decidido tragarnos los siete kilómetros de distancia entre las dos ciudades a pie. El Puente Europa, por encima del Rhin, las une o las separa, y allá, al cruzar su extensión, otro idioma, otras costumbres, otra cultura, otro hacer, aguarda por nosotros. Au revoir, Estrasburgo. Wilkommen, Alemania.

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