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Ahora los niños quieren ser porteros

Por Oscar Medina ? @oscarmedina1

En los juegos improvisados, de pandillas de amigos, el portero siempre era el gordito. O el menos habilidoso. O el más alto. Era ese a quien no se le daban del todo bien las gambetas ni los tiros a puerta. O simplemente el que se cansaba y buscaba algo de reposo bajo los tres palos, que no son palos sino tubos, como todo el mundo sabe.

Era inconcebible ubicar en la arquería a esos que encontraban el gol con tanta naturalidad, al driblador que encantaba a las niñas del colegio, al que era capaz de transformar la pelota en una certera bala de cañón. Y lo más raro del mundo era encontrar a alguien que siempre estuviera dispuesto a ocupar el puesto que cargaba con el estigma: ese es el que menos juega.

Ahora que mis hijos de siete años hacen su primer grado en un colegio grande, con cancha de fútbol y doble jornada de entrenamiento semanal, descubro que los niños quieren ser porteros. Que hay muchos ansiosos por demostrar que tienen el potencial para defender el último bastión de la cancha. Y ha sido una gran sorpresa. Ya el guardameta no es el gordito, ni el malo de la partida. Ese lugar se gana con talento, con empeño. Y quien lo ocupa y lo hace bien es celebrado y respetado tanto o más que el encargado de hacer los goles al rival. El buen portero es necesario, imprescindible. Y sacarlo de allí para relevarlo por otro jugador es un evento extraordinario.

Llegué a pensar que mi apreciación tenía que ver con el hecho de haber estudiado en un colegio pequeño donde nos dedicábamos a eso que entonces conocíamos como fútbol de sala y que ahora parece tener varios nombres diferentes y especializados. Pero en realidad el asunto es un poco más complejo y es probable que tenga que ver con los tiempos. Los niños ahora quieren ser porteros porque saben más de fútbol. Han comprendido mejor el papel de las grandes estrellas de la portería: a Buffon, a Casillas, a Romero, a Navas, a Bravo y a tantos otros. Los han visto más, los tienen al alcance en la televisión, en Youtube, en las barajitas. Y sienten ellos mismos el respeto que se gana el portero de sus equipos de colegio, el del club, el de la academia, el del campamento vacacional. Y lo experimentan en carne propia cuando se convierten en el muro que no deja pasar el gol del adversario: aplausos, felicitaciones, elogios.

Cuando el arquero era el jugador menos hábil, se asumía de antemano que no le iba a ir bien al equipo si la defensa permitía disparos de los atacantes. No había reproches porque sabías que ese era el flanco débil. Pero la portería es un lugar rudo, difícil, de mucha tensión cuando se asume con seriedad. Y pensar en esto me hizo recordar un texto de Juan Villoro sobre la triste historia del alemán Robert Enke.

Fue guardameta del Barcelona, del Benfica, del Borussia Mönchengladbach y su carrera internacional tuvo altibajos hasta que se niveló al regresar a su país para el Hannover 96 y ganarse la titularidad con la selección de Alemania. Es un caso extremo, por supuesto, pero ser el portero de Alemania es un trabajo demoledor. Villoro cita a Der Spiegel: “El portero de la selección nacional es el símbolo de la fortaleza física. Debe ser impecable. Controlado. Seguro de sí mismo. No hay empleo más duro en el fútbol, y Enke lo había obtenido”. En la tierra de gigantes bravucones como Harald Schumacher y Oliver Khan, un tipo calmado e introvertido lo había logrado y le esperaba el reto del Mundial de Sudáfrica.

El de Enke no es un relato feliz y eso me impide completarlo bajo las mismas líneas en las que he hablado de mis hijos. Le aconsejo buscar en la web el texto de Villoro, del cual solo quiero destacar otra cita para ilustrar lo que implica cargar con semejante responsabilidad: “Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra. La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo “Una vida entre tres palos y tres líneas”, escribe Andoni Zubizarreta: «Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores». El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. «Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas», añade Zubizarreta: «El portero no puede ser de carácter inseguro». Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores”.

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