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Los 1000 días

Por Silvana Barlocci — www.tiempodecriar.com

Cuidar de un bebé es cuidar de algún modo la humanidad entera. Podríamos afirmar que cada vida que llega al mundo representa una semilla y del tipo de cuidado que le demos, dependerá su germinación. Los seres humanos nacemos preparados para amar y ser amados, es nuestro destino natural. Buscar ser cobijado, contenido y acariciado no es una picardía de los pequeños, sino una necesidad que asegura su supervivencia.

Estamos diseñados para nacer y vivir en un ambiente amoroso y de amparo. Toda nuestra fisiología genera que se produzca un estrecho vínculo entre la madre y el recién nacido. Una especie de enamoramiento que permite no solamente que la madre se ocupe de su cría, sino que también ese vínculo irá moldeando el desarrollo del cerebro de la criatura.

El cachorro humano al nacer tiene la aptitud de desplegarse en todos sus talentos y posibilidades, pero necesita del cuidado y encuentro con un otro para que esto sea posible.

Contrario de lo que se creía en el pasado, las experiencias de vida no comienzan a ser significativas a partir de que el niño tiene conciencia, sino que el impacto de lo vivido y experimentado a partir de la concepción es fundamental para sentar las bases del resto de la vida.

Hay un período extremadamente sensible y decisivo en el desarrollo y este es el lapso de vida intrauterina y los primeros dos años. Durante este tiempo, lo más importante que puede recibir un bebé, lo más vital para construir los cimientos de una vida armoniosa y expansiva, es vivir en una atmósfera afectiva de seguridad, intimidad y confianza. Esto se logra respetando y facilitando la interdependencia que existe entre la madre y el hijo, lo cual no es algo que culmine en el parto, sino mucho tiempo después. Hay una sincronía física y emocional entre la madre y su recién nacido que está diseñada por la naturaleza para asegurar que nuestros hijos sobrevivan y con ellos toda la especie humana.

Todos los hallazgos científicos concluyen en que el amor es una predisposición natural del ser humano al nacer, y en los primeros momentos de vida extrauterina hay acontecimientos en la química cerebral que nunca más se reiterarán y que aseguran que este vínculo sea posible.

El bebé al nacer es interdependiente; sus sistemas necesitan recibir información para establecer la función cardiovascular, los ritmos de sueño, la función inmune y los niveles hormonales. Al estar en contacto, sus sistemas se mantienen a un nivel regular; es decir, que necesita la presencia y proximidad para poder desarrollar y regular sus funciones. No hay nada que estrese más a un recién nacido que ser separado del cuerpo de su madre, separarlo de ésta es quitarle y privarlo de su estado natural, y esta sensación de desamparo e inestabilidad la manifiesta mediante el llanto. El llorar produce niveles altos de cortisol, los que pueden afectar su neurodesarrollo. Este niño desamparado no puede regular por sí mismo estos niveles, sino que necesita del contacto para poder organizar sus sistemas. Si los bebés son alejados de su madre por un tiempo mayor al que puede tolerar, dejarán de llorar, pero esto no significará que han dejado de sufrir, muy por el contrario: querrá decir que su sistema colapsó y su cerebro al recibir la señal de que su vida corre peligro, comienza un modo de “ahorro energético”. Hay numerosos estudios que demuestran que los niveles altísimos de cortisol, producen daño al cerebro y afectan el desarrollo de las zonas destinadas a la conducta social y afectiva como son el hipocampo y la amígdala.

Comprender, respetar y habilitar el proceso delicado de las relaciones tempranas facilita la construcción de los soportes necesarios para edificar vínculos humanos seguros y cercanos. Es en esta atmósfera emocional en la que asoman las conexiones cerebrales necesarias para que los vínculos sociales sean edificados en el amor y que nuestro pasaje por la vida sea gratificante, tanto para el individuo como para toda la red de relaciones humanas que va tejiendo el ser humano a lo largo de su existencia. Cada lazo humano, cada interrelación que se da en la vida adulta. La matriz es la base en el vínculo que establece con su madre al nacer y luego con toda la red de amparo que obtenga el pequeño durante su crianza. El cerebro es dinámico, no es un órgano fijo, sino que se va moldeando a partir del intercambio con el medio y con los otros y funciona de modo distinto en cada persona.

En las primeras etapas de vida, el bebé va estableciendo una adaptación entre sus experiencias y los rangos que necesita para mantener activos sus sistemas y a su vez, coordina cada uno de ellos de acuerdo a las personas con las que tiene contacto, especialmente la madre. Dependiendo de cómo responda el adulto, es que se irán estableciendo modelos de alegría, placer, complacencia, ansiedad, ira, o abandono. Cuanto más hormonas del amor se segreguen, más receptores cerebrales del bebé se activarán, más conexiones neuronales que harán que crezcan más las áreas de la empatía y las habilidades sociales, lo que traerá como consecuencia seres humanos más felices y con mayor tendencia a la ternura y amabilidad.

Si esta experiencia primitiva no es adecuada, se establecerán sistemas bioquímicos dañinos en lo que refiere al manejo del estrés. Un niño que experimente bajos niveles de estrés durante sus primeros años guardará en su memoria mayores sensaciones de placer, autoconfianza, autoestima, calma y seguridad. Y quien experimenta ese estado como natural, difícilmente no lo siga propiciando. En cambio, si no se dan las condiciones adecuadas, el crecimiento del cerebro no progresará de manera óptima. A partir de esto podemos concluir que el amor recibido en las primeras etapas de la vida constituye una necesidad fisiológica. Las huellas de las primeras interacciones resultan vitales en la organización de la experiencia durante toda la vida.

Si en estas etapas no se tienen experiencias de sostén y cuidado adulto, el desarrollo de la corteza orbitofrontal no se llevará a cabo adecuadamente y es esa justamente la zona del cerebro donde se asienta la base de la vincularidad y la capacidad de empatizar con otros. Es importantísimo que el bebé se integre a su grupo humano de manera placentera, lo cual asegurará que se construya la corteza prefrontal que permitirá desarrollar capacidades en cuanto a la integración social. De las experiencias de gozo, de ser sostenido, acariciado, besado, alimentado y acunado, del captar que el otro adulto está disponible física y emocionalmente para él, es que surge la posibilidad de que las conexiones cerebrales se vayan organizando y perfeccionando. Cuando el bebé detecta amor y satisfacción en sus padres, sus propios sistemas son estimulados hacia esa tendencia. La beta-endorfina es un neuropéptido que se libera en la circulación, en la zona orbitofrontal. A la vez, la dopamina es otro neurotransmisor que al ser liberado incursiona en el córtex prefrontal y aumenta el consumo de glucosa, lo que ocasiona crecimiento de tejido en el cebero prefrontal. Y la dopamina proporciona sensación de bienestar. La suerte está echada: las bases bioquímicas están presentes, pero se necesitará de un cálido e íntimo entorno para que puedan ser desplegadas.

Es mediante el afecto y el cuidado que se debería erigir cada vida humana, comprender y hacernos cargo de este hecho significa vivenciar la gran oportunidad que ofrece cada bebé que llega a la vida la posibilidad de construir un mundo mejor donde lograr expandirnos y desplegar nuestros talentos. El secreto para cimentar sociedades más justas, más disfrutables, reside en el profundo respeto de la delicada relación entre el cachorro humano y sus figuras de afecto.

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