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Madre mía

Nuestra madre es nuestro primer hogar. Nos desarrollamos en su vientre y todo nuestro cuerpo fue alimentado por su sangre. Al nacer, el cuerpo materno es el hábitat natural del pequeño ser, donde obtiene todo lo que necesita: calor, alimento, contención. Es ella quien brinda la primera experiencia de afecto y sustento

Por Silvana Barlocci- silvanabarlocci.com

Es la madre nuestro primer amor, el primer vínculo según el que estructuramos el resto de los lazos en nuestra vida. La relación que tengamos con ella oficiará de matriz desde la cual interpretaremos el mundo de las emociones que nos despierta el encuentro con los otros.

El niño pequeño es extremadamente vulnerable, y su necesidad de pertenencia y amor es infinita. Se sabe que un niño con carencia de mirada y cuidado, no sobrevive. Es así como con tal de obtener el alimento vital establecemos todo tipo de lealtades y pactos inconscientes que nos aseguran un lugar en el clan, que nos guarezcan del mundo externo.

A partir de la experiencia que tengamos con ella se construye lo que se denomina “Madre interna”; es decir, la internalización del vínculo con la madre real, la información que absorbimos sobre lo que ella sentía hacia el mundo, hacia ella misma y hacia nosotros. Es así como aprendemos a mirarnos, de la misma manera que nuestra madre nos miró y a cuidarnos y amarnos de la misma manera en que fuimos cuidados y amados. Si nuestra madre respondía con celeridad y empatía a nuestras necesidades, interiorizamos que las mismas son valiosas y dignas de respeto.

Este proceso por el que nos embebemos del vínculo con la madre dura toda la infancia, para luego irnos independizando y separando afectivamente de ella y construir un modelo de relacionamiento más autónomo y emancipado. Para convertirnos en adultos debemos separarnos, no necesariamente de nuestra madre real, pero sí de la necesidad inmensa de mirada materna que teníamos en la niñez.

¿Qué suele suceder? Que la mayoría de las madres no estamos capacitadas afectivamente para colmar las necesidades emocionales de nuestros hijos, entre otras cosas, porque hemos sido también niñas carentes de mirada. Es así como los pequeños crecen, en mayor o menor medida, desprovistos del alimento que requieren. Y así, al crecer, devenimos adultos solo en la superficie, puesto que internamente seguimos siendo niños pequeños con necesidad de amparo materno.

La tarea será embarcarnos en un proceso de transformación de esta madre interna para convertirnos en la madre que siempre quisimos y necesitamos, pero esta vez no buscándola en nuestra madre real, sino dentro de nosotros mismos. Convertirse uno mismo en la madre que anhelamos nos asegurará la confianza y entereza de poder conducirnos por la vida de un modo saludable, armonioso y beneficioso.

Tendremos un faro interno que nos guiará por los mejores caminos, nos dará la estabilidad de sabernos fuertes, capaces de levantarnos de eventuales contratiempo que la vida nos presente.

Para realizar este movimiento es imprescindible asumir que nuestra madre real no pudo atender nuestras necesidades de la manera que lo requeríamos, no para enjuiciarla y mucho menos reprocharle, sino muy por el contrario, para liberarla y liberarnos de las cadenas dolorosas que estamos arrastrando generación tras generación.

Comprender que nuestra madre sólo pudo amarnos y cuidarnos, de la misma manera que podía amarse y cuidarse a sí misma, nos traerá alivio y sosiego. A su vez, nos dejará mejor parados en nuestros propios pies, puesto que ya nuestra conducción en la vida, no dependerá de causas externas sino de nosotros mismos.

Es esencial hacer esta transformación interna ya que si continuamos siendo emocionalmente niños, vamos a estar inconscientemente cumpliendo sueños ajenos, repitiendo historias y perpetuando una relación simbiótica que hoy en día no nos es operativa. No podremos jamás convertirnos en personas adultas e independientes si no franqueamos las heridas que han quedado de nuestra infancia y no logramos ver y agradecer lo que ha hecho nuestra madre por nosotros.

Amor incondicional

Al lograr ver a nuestra madre desde un lugar adulto, la advertimos como una mujer corriente en su totalidad de ser humano, con sus recursos y limitaciones, pero a su vez la lograremos percibir sin la presión de tener un único rol materno, sino como una persona que también ha sido hija, que viene de una familia y carga con una historia.

Abandonar la lucha que nos asegure el reconocimiento externo, el amor y el merecimiento de mirada, resultará sumamente enriquecedor, puesto que nos permitirá pararnos sobre nuestros propios pies y desde ahí comenzar a andar el camino que elijamos recorrer.

Cuidarnos, ampararnos y amarnos y recién a partir de allí, cuidar, amparar y amar a los demás, con un amor que no depende de circunstancias ni condiciones, porque está libre de lealtades y ataduras.

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