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¿De qué nos alimentamos?

Por Paola Cortés

Usualmente, cuando se piensa en la alimentación para llevar una vida saludable, se considera solamente la calidad y las propiedades de los alimentos, siendo escasas las veces que se toman en cuenta las condiciones en las que se come. Tener ciertas consideraciones al momento de ingerir alimentos, puede contribuir no sólo una a dieta equilibrada, sino a un modo de vida saludable.

Si bien es cierto que es de suma importancia elegir la calidad, cualidad y cantidad de los alimentos que se ingieren, también es esencial para la salud elegir en qué condiciones comer. El ambiente, por ejemplo, debería ser un lugar tranquilo, acondicionado preferentemente sólo para comer.

El tiempo que se utiliza para las comidas es también un factor condicionante para una buena dieta ya que comer con tranquilidad ayuda a que la ingesta sea moderada, al dar tiempo suficiente para recibir la señal de saciedad por parte del sistema nervioso. Asimismo, la compañía e incluso el estado de ánimo de aquel que va a comer, han de ser tenidos en cuenta si lo que se quiere es una correcta digestión y asimilación de los alimentos.

Las dietas han sido siempre parte de la vida de muchas personas y, pese a que la intención de comenzar un nuevo régimen alimentario es un primer paso para sentirse mejor, es una idea que resulta en ocasiones, difícil de mantener. ¿Por qué es tan difícil sostener esa decisión?

No más dietas

Llevar a cabo una dieta significa renunciar a todo aquello que, aun siendo alimentos no saludables, logran satisfacer al cuerpo y a la mente, funcionando también como un antídoto pasajero contra ciertos estados emocionales. Es de conocimiento general que la “comida chatarra” es nociva para la salud; sin embargo, todavía hay quienes se alimentan de esa forma, porque es una solución rápida para personas con poco tiempo o con pocas ganas de cocinar y, además, son comidas cuyo contenido aplaca rápidamente los ánimos. No obstante, lo que en principio parece ser una solución placentera, finalmente tiene efectos perjudiciales, en la salud física y, en consecuencia, en el plano emocional.

Una alimentación no saludable puede tener muchas consecuencias en el aspecto físico, puede provocar dificultades en el rendimiento intelectual y puede ser además una fuente de frustración constante para quien no se alimenta bien y es consciente del daño que se provoca, pero siente que no puede hacer nada al respecto. De hecho, es posible que sean muchos los intentos frustrados, ya que la dieta no es algo que se disfrute, y por sobre todas las cosas falla porque no existe una verdadera convicción de querer “sanar”.

Para sanar, hay que tener absoluta determinación de querer cambiar los hábitos que hacen daño para adquirir otros que realmente nutran cuerpo, mente y espíritu. No se trata de hacer dieta solamente para adelgazar y verse mejor, o bajar el colesterol. La verdadera motivación radica en estar convencido de querer lo mejor para uno mismo. Es comenzar a alimentarse de amor propio y disfrutar de las decisiones que sirvan para estar mejor. El cambio en la alimentación debe ser consecuencia de un cambio en el modo de pensar y de vivir. Se trata de honrar y respetar al propio cuerpo, dejando de darle basura y sobras, para empezar a servirle lo mejor. No significa rendir un culto al cuerpo sino velar por él para que funcione como un medio a través del cual cada uno pueda desenvolverse en el plano de la materia, para adquirir las experiencias necesarias y así evolucionar como seres humanos y espirituales. Las dietas pensadas para resolver sólo el físico, son efímeras al igual que sus efectos. Los cambios verdaderos vienen desde dentro y requieren inevitablemente el coraje de ver qué es lo que hace que uno no se comporte de forma saludable y amorosa para consigo mismo.

Ayudar al cambio: alimentación alcalinizante

Hoy en día existen muchas dietas alcalinizantes, pero continuando con la idea anterior, la sugerencia sería evitar imponerse un régimen estricto, pero sí tomar conciencia de lo que se come para hacer las mejores elecciones, creando hábitos saludables sin sentir limitaciones.

Se dice que el pH de la sangre debería ser ligeramente alcalino y para ello, lo mejor es comer mayormente alimentos con esas características, y en menor proporción los que son ácidos.

El medio alcalino, medio ácido o pH, es un valor que mide la acidez o la alcalinidad de una sustancia, indicando el porcentaje de hidrógeno que contiene. La escala del pH varía del 0 al 14 y se toma 7 como valor neutro. Cuando baja de ese valor, el pH es ácido, y es alcalino cuando está por encima.

Algunas consecuencias de un pH ácido son:

Disminuye la capacidad del organismo de absorber nutrientes esenciales.

Disminuye la capacidad para producir energía en las células.

Menor capacidad para la reparación de las células dañadas.

Mayor susceptibilidad a la fatiga y a padecer enfermedades.

Disminuye la capacidad de concentración.

Las dietas alcalinas se basan principalmente en la ingesta de verduras, frutas, semillas y otros tipos de alimentos y bebidas que tengan las propiedades indicadas y además propone la reducción en el consumo de café, té negro, alcohol, carnes, pan blanco, manteca y frituras, entre otros.

La buena noticia es que con una buena actitud y algo de creatividad, siempre es posible encontrar opciones más sanas para elaborar aquellos alimentos que tanto gustan.

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