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¡Quiero ser chef!

Por Julia Ortega — Blog: www.juliapelalayuca.com — @juliapelalayuca

Es indiscutible que la gastronomía está más de moda que nunca. Concursos de televisión en los que los participantes, amateurs o profesionales, sacan a relucir sus habilidades en la cocina, libros de cocina, redes sociales llenas de videos cortos con recetas que hasta los menos habilidosos conseguirían ejecutar.

En cierta manera esta tendencia ha “glamourizado” la profesión acercándola al público general. Antes, cuando pensábamos en comida imaginábamos al cocinero, a esa persona anónima que daba la vuelta al caldo sin valorar su esfuerzo. Hoy día, gracias a los medios de comunicación, la imagen que tenemos de ellos es hombres y mujeres formados en universidades y en escuelas de artes culinarias, que con precisión y sin dejar nada al azar, hacen que cada ingrediente tenga su razón de ser en conjunto.

Ahora, esta profesión compite y tiene tanta importancia como cualquier otra, inclusive preguntamos a niños y jóvenes qué quieren ser cuando sean grandes, y algunos responden que quieren ser chefs. Este cambio se ha traducido en un aumento en la demanda de cursos profesionales de cocina, pero la verdadera carrera llega cuando se gradúan, cuando reciben su título, diplomado o licenciado en artes culinarias y entran a una cocina profesional.

Pero en esta profesión hay una parte que pocos ven: el sacrificio. Cuando todos descansan ellos trabajan, cuando aún la mayoría duerme ellos ya están ocupándose de las compras de insumos y solucionando los imprevistos que día a día surgen en cualquier restaurante.

Deben mantenerse en continuo aprendizaje, durante todo su recorrido profesional: nuevas técnicas, productos, tendencias. Aguantar altas temperaturas delante del fogón, horas y horas parados, cortes, quemaduras, trabajar bajo presión y llegar a casa cuando todos duermen.

Y todo ello sin olvidar el trabajo que hay mucho antes de que tengamos el plato en la mesa. Desde el diseño de un menú, los costos, las compras y las relaciones con proveedores, las presentaciones de cada plato, la organización del personal.

Entonces, cuando pasan años en los que demuestran su compromiso, su capacidad de sacrificio y entrega, después de haber ascendido, llega la posibilidad de ser chef, de ser el director de todo el equipo de cocina.

Por eso, cuando mi hija de cuatro años me dice: “mamá quiero ser chef”, sonrío y le advierto que es una profesión más difícil de lo que la gente piensa. Ella dice: “no importa, voy a hacer huevos revueltos”, se coloca su delantal, se trepa a una silla y se pone manos a la obra. Sólo el tiempo nos dirá si lo conseguirá.

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