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Balada alegre sobre la obstinación

Por Daniel Centeno M.

Hay una vieja superstición que recomienda no emprender ningún negocio si desde el principio todo parece estar en contra. Un consejo de abuelita que no está de más tener presente.

Al parecer en el mundo de la música esto no siempre se cumple. Existen cientos de ejemplos que nos ilustran las bondades de la terquedad, porque el hombre cuando se transmuta en cabra puede obrar milagros.

Exile on Main St. de The Rolling Stones es una buena muestra.

La historia es harta conocida pero conviene recapitularla: a principios de los 70?s los Stones se mostraron hostigados por el fisco británico. Sentían que cada libra que facturaban se convertía en humo luego de pasar por hacienda. Así que optaron por el camino más sencillo para el roquero común: hacer bártulos, buscar un sitio con mayores libertades, rentar una casa en la Riviera Francesa, hartarse de drogas, ser felices y, si había tiempo, grabar un disco con lo que saliera en ese inmueble forzado a ser estudio de grabación.

Keith Richards recuerda esa época como de una feliz perdición. Porque no hay nada mejor para alguien de su estirpe que irse, salir con su mujer y sus críos a un exilio voluntario, dejar a los niños a la buena de Dios, tontear con la guitarra y llenar la casa de amiguetes con los que consumir coca y heroína a manos llenas y con el apoyo de la señora. Quizás no a todo el resto de la banda esto le pareció una escapada idílica.

No viene al caso explayarse en las intrigas palaciegas que se suscitaron. Tampoco contar cómo se decidió grabar el disco en esas condiciones. Lo cierto fue que la placa siempre estuvo anclada en un panorama adverso: la casa gozaba de la peor acústica del mundo, al baterista y sus tambores los aislaron en un diminuto cuarto en donde moría de sofoco en cada sesión de grabación, la humedad desafinaba todo a su paso, Richards no podía concentrarse de tanta mierda que corría por sus venas, las peleas entre todos erupcionaban sin tregua, el caserón estaba lleno de drogatas que nadie conocía, los instrumentos fueron robados un buen día, etc., etc., etc.

Quién sabe cómo diablos se logró terminar todo Exile on Main St. Quién sabe cómo acabó siendo un disco doble de 18 canciones llenas de rock and roll, country, blues, rhythm and blues, rockabilly, boogie-woogie, jazz y góspel. Y quién sabe cómo, después del varapalo inicial que recibió de la crítica, ahora es considerado el culmen creativo de losRolling Stones.

“Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, dijo Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco mucho tiempo antes de que se inventara el punk.

Rubén Blades, quien suele mentar al personaje cuando se pone mesiánico, también siguió el mismo precepto en un momento clave de su carrera. Para entonces no llegaba a 30 años cuando se le ocurrió meter una composición que llevaba rato cociendo a fuego lento. Era una narración cadenciosa, de ritmo hipnótico y que se pasaba de largo los siete minutos. Su protagonista: un hampón de poca monta y una meretriz agarrada en falso.

La disquera y el conjunto musical pusieron el grito en el cielo. Era una locura gastar el minutaje del álbum en semejante monserga. El hombre transmutado en cabra se mantuvo firme: el tema debía incluirse. No le salió ni mala la jugada porque, una vez lanzado el disco Siembra de la orquesta de Willie Colón, la canción reclamó su espacio por derecho propio en el mundo de la salsa. Tanto así que películas, tesis universitarias y estudios sobre la crónica cantada han sido insuficientes para explicar el impacto de “Pedro Navaja” en el imaginario colectivo y en la esencia de Latinoamérica.

Blades ahora se ríe. Se pregunta qué hubiera pasado si en la época de Don Quijote no se hubiera impreso ese libro por su larga extensión. El corte de mangas, sobra decirlo, ya era opcional.

Cuando todo se pone adverso, lo mejor es no insistir. El consejo es sabio. ¿Pero por serlo también viene con la garantía de efectividad? Richards y Blades, a sus maneras, desmantelaron el sentido común de las abuelitas cuando apenas eran unos chavalos.

Bien vale tenerlos presentes en esos momentos en los que se espera saltar sin paracaídas con pleno conocimiento de causa.

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