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Finales fuera de serie

Por Daniel Centeno M.

En la última temporada de la serie Deadwood sucede una de esas escenas que te acompañarán por toda la vida. Al Swearengen, magníficamente interpretado por Ian McShane, está limpiando el suelo, de rodillas. Momentos antes, en una especie de apocalipsis reagendado en el pueblo, una prostituta tuvo que ser sacrificada en el lugar en donde el personaje está intentando sacar la sangre seca. Swearengen está encorvado con un cepillo, restregando la madera, cuando entra uno de sus ayudantes. La tempestad dejó secuelas y quien acaba de irrumpir en escena las ha resentido por razones que no vienen a este cuento.

Su jefe, hombre curtido en mil batallas vaqueras, no es complaciente al despacharlo. El otro ve lo que queda de la sangre de alguien a quien había protegido en vida. Acepta lo que escucha y se va con evidente pesar mal digerido. Al Swearengen se queda solo, y dice en voz baja a modo de mea culpa: “él necesitaba que le dijera algo bonito” (no en balde el capítulo se titula “Tell Him Something Pretty”). La cámara funde en negro. El espectador queda conmovido y expectante por lo que vendrá.

Y así quedará hasta hoy.

Deadwood terminó de esa manera en 2006, de la forma en la que acaba un conato de noviazgo: con una despedida a medias, con ecos de un hasta luego incumplido. El canal de televisión, HBO, adujo altos costes y poca audiencia. La crítica y sus incondicionales quedaron desolados. Incluso algunos actores se sintieron amputados en alguna extremidad. Porque si algo tenía Deadwood es que no era una mala serie. Desde entonces cada año arranca con el rumor de una película alusiva o incluso con la promesa de un puñado de capítulos para concluir aquella visión del lejano oeste con impronta de Shakespeare.

Casos como estos se han repetido en la historia catódica. Freaks and Geeks fue un clamor juvenil poco entendido. Mientras que Beverly Hills, 90210 había cimentado el estándar de jóvenes perfectos en un mundo con arreglo; la otra apuesta era todo lo contrario: desadaptados viviendo la pesadilla norteamericana. Nuevamente, la cadena se decantó por la guillotina para los segundos y el seriado terminó después de una imagen de un baile de promoción carente de continuidad.

Esos hachazos han transformado a algunos títulos en programas de culto. Ese lado morboso del ser humano que tanto se rinde hacia lo inconcluso urde nuevas tramas y posibles ante episodios que nunca más volverán. Es como si muchos viviéramos en espacios efímeros cuyos recuerdos convocan sensaciones incapaces de retomar de la misma manera. La simple frustración que da la esperanza hacia algo que sabemos irrealizable suele ser el mejor de los abonos.

Por alguna extraña razón esta industria cultural, que cada vez demuestra estar más seca de ideas, lleva rato queriendo apostar por electrificar a sus Frankensteins. Arrested Development fue uno de sus estrepitosos intentos. La última temporada se emitió siete años después de la cancelación original de la serie. Lo hizo por todo lo alto, con alardes publicitarios y la venia de casi todos sus actores. No obstante, su resurrección no convenció a nadie. Pasó sin hacer bulla, y ni su fanaticada pidió continuar la aventura (un caso muy parecido al de Heroes Reborn y X Files).

Todo esto viene a colación dada las noticias de próximas reapariciones dignas de un fenómeno de criogenia televisiva: Prison Break y Twin Peaks. La primera fue cancelada en 2009 y la segunda hace la friolera de 25 años atrás. Da un poco igual que con la de temática carcelaria vuelvan a meter las patas. No obstante, traer de vuelta una de las obras maestras de David Lynch para malograrla sí podría constituir un delito de lesa humanidad.

Las series de televisión parecen responder a un timing propio. Deben durar lo justo y aceptar sus defunciones (naturales o forzadas). The Wire o Breaking Bad demostraron que en cinco temporadas sin pausa se puede echar un cuento. House M.D., Dexter y Lost subrayaron todo lo contrario: que no se puede estirar como un chicle algo que ya dio todo de sí y perdió su sabor desde hace una ruma de horas atrás.

Nos duele que una historia termine sin aviso, es cierto. Que un gerente de programación decida acabar con algo que estaba bien, aduciendo unos números que no cuadraban. Sin embargo, ¿retomar esto no sería lo mismo a rescatar en este momento algunos manuscritos inacabados de Kafka y meterle mano a destajo?

De alguna manera en nuestras mentes Al Swearengen sigue restregando el piso eternamente, como si fuera el mito de Sísifo.

Nadie dijo que la vida debe ser lógica.

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