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¡Me caso a la romana!

Por Lucas Monsalve – Historiador

Recuerdo que en una conversación informal, una compañera de postgrado japonesa me comentó que en su país estaba cada vez más de moda casarse por el rito católico, pues según parece les resulta “muy bonito”.

Por lo visto, en el sincrético mundo japonés, los novios eligen el tipo de boda que quieren para sí: estilo católico, judío, hindú, etc. Y conforme a su elección organizan la ceremonia y fiesta, sin importar la religión más que la estética de la ceremonia.

Lo que en un principio me resultó bastante extraño, luego me hizo recordar a las rocambolescas bodas de Las Vegas: estilo Elvis, Star Wars, etc., donde el rito “temático” releva al hecho religioso, e incluso al compromiso civil.

Años después, en una conversación más profunda con mi muy creyente padre, este me enseñó que el matrimonio es el único sacramento no instaurado por Jesucristo. De hecho, más allá del episodio de las bodas de Caná, en el Nuevo Testamento poco más se habla sobre el matrimonio, recuerdo que me dijo.

De esta forma, si seguimos halando el hilo de la historia nos daremos cuenta que si bien Jesús y sus primeros discípulos fueron judíos, la raíz de la tradición católica se forjó en Roma.

Y como romana fue, asumió desde sus orígenes muchas de las costumbres venidas de su pueblo. Una de las varias fue el rito matrimonial.

Si lo piensan, ningún sacramento tiene tantas supersticiones como el matrimonio. En efecto, uno de los pueblos más supersticiosos de la antigüedad fueron los romanos, y muchas de esas viejas creencias nos acompañan hasta el día de hoy.

Los romanos llamaban “esponsales” al compromiso matrimonial -de allí deriva la palabra esposo, esposa-, y desde mucho antes de la llegada del cristianismo las mujeres se casaban con un vestido preeminentemente blanco y con velo.

La casa en la que viviría la nueva pareja era adornada con flores y antorchas, y un cortejo de hombres y mujeres acompañaban siempre a los novios por separado. El futuro esposo y su familia, debía llegar primero para esperarle a ella, y la entrega del padre de la novia en la celebración, era la manifestación suprema de autoridad del pater familias —jefe de familia-, con la propiedad única de dar a su hija – que en la concepción familiar romana era de su propiedad-.

Igualmente, la entrega de arras e intercambio de anillos, fue una simbología acogida por la iglesia cristiana en Roma, pero de raíz previa y pagana. Todo ello fue asumido y conglomerado bajo el ritual del sacramento cristiano, que fusionó una nueva fe con una vieja tradición.

No obstante, un gesto imprescindible marcaba el final del rito romano. Al llegar la novia a su nuevo hogar, su esposo la cogía en brazos y atravesaba con ella el umbral de la puerta, como símbolo del famoso rapto de sus vecinas, las Sabinas; y en recuerdo a la conformación de las primeras familias que dieron origen a la gran Roma. ¿Les suena familiar este gesto?

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