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El derecho de los animales

Por Ivette García de Blanck

Desde hace muchos años hubo hombres preocupados por los derechos de los animales. Justiniano I, (Emperador bizantino, años 483 — 565), consideraba que: “el derecho natural es aquello que es dado a cada ser vivo y que no es propio al ser humano”; pero se supone que las primeras colectividades de “protección animal” surgieron en la revolución industrial, que defendieron a los caballos, asnos y mulas, víctimas de evidentes maltratos.

Con mayor fuerza, a partir de la segunda mitad del siglo XX, el hombre se ha visto obligado a reconocer la importancia de la conservación de su ecosistema y a los demás animales como parte integrante e inseparable de ello. Arduo y difícil trabajo por los defensores de los derechos de los animales empezó a ver sus frutos mundialmente cuando en Londres se proclamó, el 15 de octubre de 1978 la Declaración Universal de los Derechos del animal, que fue ratificada por la Organización de Naciones Unidas (ONU) y por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

En el preámbulo de esta declaración se evoca que todo animal posee derechos y que el desconocimiento y el desprecio de dichos derechos han conducido y conducen al hombre a cometer crímenes contra la naturaleza y contra los animales. Por ello, constituye el fundamento de la coexistencia de las especies en el mundo el reconocimiento por parte del hombre de los derechos a la existencia de las otras especies de animales. Para ello, se debe partir del respeto hacia ellos, por el hombre, y por tanto, la educación debe enseñar, desde la infancia, a observar, comprender, respetar y amar a los animales.

Esta declaración consta de tan solo 14 artículos, y cada uno de ellos son principios pilares de los derechos de los animales, que deben estar refrendados y legitimados en las legislaciones de todos los países del mundo.

Partiendo de que todos nacen iguales ante la vida y tienen los mismos derechos a la existencia, al respeto, a la libertad, a la atención, a los cuidados y a la protección, el hombre no puede atribuirse el derecho de explotar, exterminarlos o explotarlos, violando ese derecho, y tiene la obligación de poner sus conocimientos al servicio de los animales.

Reconoce también esta manifestación, que todo acto que implique la muerte de un animal, sin necesidad, es un biocidio; es decir, un crimen contra la vida; y que todo acto que implique la muerte de un gran número de animales salvajes es un genocidio; o un crimen contra la especie.

Estos principios rectores de los derechos de los animales, también se revalidan en el Tratado Lisboa de 2007 constitutivo de la Unión Europea, y establece en su artículo 13 que los animales son seres sintientes; lo que significa que tienen capacidad para tener experiencias subjetivas de índole física o psicológica, y, por lo tanto, son merecedores de consideración moral.

En todo el mundo, los activistas, las organizaciones no gubernamentales defensoras de los derechos de los animales y algunos gobiernos están realizando una excelente labor para proteger a los animales y en el reconocimiento de los derechos de los mismos, en contraposición con la tesis antropocéntrica del hombre, que considera que los animales y la naturaleza están a su servicio y son medios para sus fines.

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